🐾 Perros Charrúas
Cultura

Perros que dejaron marca

Uno orbitó la Tierra antes que cualquier persona. Otro esperó nueve años en el andén de una estación. Otro cruzó Alaska en medio de una tormenta con el suero que salvó a un pueblo. Están en el cine, en los museos, en los logos y en los libros de historia — y casi siempre llegaron ahí sin enterarse.

En el espacio

Antes de que subiera una persona, subieron perros. Los soviéticos eligieron callejeros de Moscú: aguantaban el hambre, el frío y el encierro mejor que cualquier perro de casa.

Laika

3 de noviembre de 1957

Una callejera de Moscú, de unos 6 kilos, fue el primer ser vivo en orbitar la Tierra, a bordo del Sputnik 2. La cápsula no estaba pensada para volver: no existía todavía la forma de bajarla.

Durante 45 años la versión oficial dijo que había vivido varios días y muerto sin sufrir. Recién en 2002 uno de los científicos de la misión contó lo que había pasado de verdad: el control térmico falló y Laika murió por sobrecalentamiento en las primeras horas, antes de completar la cuarta vuelta.

El Sputnik 2 siguió girando cinco meses más y se desintegró al reentrar el 14 de abril de 1958. En 2008 le levantaron un monumento en Moscú.

Belka y Strelka

19 de agosto de 1960

Las primeras en dar la vuelta a la Tierra y volver vivas. Viajaron en el Sputnik 5 junto a conejos, ratones, moscas y plantas, dieron 17 vueltas y bajaron al día siguiente.

Strelka después tuvo cachorros. A uno, Pushinka, Jrushchov se lo regaló a Caroline Kennedy en 1961, en plena Guerra Fría.

Dezik y Tsygan

22 de julio de 1951

Seis años antes que Laika, estos dos hicieron un vuelo suborbital de unos 100 km y volvieron sanos. Casi nadie los nombra, pero fueron los primeros perros en llegar al espacio y regresar.

Tsygan no volvió a volar: se lo llevó a su casa un físico del programa.

Los que esperaron

Hay una historia que se repite en países que no tienen nada que ver entre sí, y siempre termina con una estatua.

Hachikō

Tokio, 1925–1935

Un akita que todos los días iba a la estación de Shibuya a buscar a su dueño, el profesor Hidesaburō Ueno. Un día de 1925 Ueno murió en la universidad y no volvió. Hachikō siguió yendo a la estación, a la misma hora, durante más de nueve años.

Le hicieron una estatua en 1934, con él presente. La actual es de 1948 y sigue siendo el punto de encuentro más usado de Tokio.

Greyfriars Bobby

Edimburgo, 1858–1872

Un skye terrier que, según la historia que se cuenta en Edimburgo, pasó catorce años junto a la tumba de su dueño en el cementerio de Greyfriars. Los vecinos le daban de comer y el alcalde le pagó la licencia para que no se lo llevaran.

Su estatua, en la esquina de Candlemaker Row, es de 1873 — un año después de su muerte.

Argos

La Odisea, siglo VIII a.C.

Odiseo vuelve a Ítaca después de veinte años, disfrazado de mendigo. Nadie lo reconoce: ni su mujer, ni su hijo, ni sus criados. El único que lo reconoce es su perro Argos, viejo y tirado sobre un montón de estiércol. Mueve la cola, y se muere.

Es probablemente la primera escena de reencuentro entre un perro y una persona escrita en la literatura occidental.

En el trabajo y en la guerra

Perros que hicieron un trabajo concreto, con consecuencias concretas.

Togo y Balto

Alaska, enero de 1925

Nome, en el extremo oeste de Alaska, quedó aislada por el hielo con un brote de difteria y sin suero. La única forma de traerlo desde Nenana, a más de 1.000 km, era en trineo: veinte equipos se relevaron en una carrera contra el reloj a −50 °C.

Balto hizo el último tramo, el que entró al pueblo, y por eso se llevó la fama y la estatua en Central Park. Pero el tramo más largo y más peligroso —unos 420 km, incluido el cruce del estrecho de Norton sobre hielo que se estaba partiendo— lo hizo Togo, un siberiano de doce años, con su musher Leonhard Seppala.

El suero llegó en cinco días y medio. Recién décadas después Togo empezó a recibir el reconocimiento que le correspondía.

Barry

Alpes suizos, 1800–1814

San Bernardo del hospicio del paso del Gran San Bernardo, donde los monjes usaban perros para encontrar viajeros perdidos en la nieve. Se le atribuyen unos cuarenta rescates.

Está embalsamado en el Museo de Historia Natural de Berna. La raza le debe buena parte de su fama.

Sargento Stubby

Primera Guerra Mundial

Un perro sin raza que se metió en un campo de entrenamiento en Connecticut y terminó cruzando a Francia escondido. Pasó 18 meses en el frente: avisaba de los ataques con gas antes que los soldados, encontraba heridos y una vez agarró a un espía alemán.

Es el perro más condecorado de la historia militar de Estados Unidos.

Los perros de Pávlov

San Petersburgo, 1890s

Iván Pávlov estudiaba la digestión y notó algo que no buscaba: los perros empezaban a salivar antes de ver la comida, con solo oír al que se la traía. De ahí salió el reflejo condicionado, una de las ideas que fundó la psicología moderna.

El Nobel de 1904 se lo dieron por el trabajo sobre la digestión, no por lo que hoy lo hace famoso.

En la pantalla

Detrás de cada perro famoso del cine hay un perro real, con otro nombre.

Rin Tin Tin

Hollywood, años 20

Un cachorro de pastor alemán rescatado en 1918 de un criadero bombardeado en Francia por un soldado estadounidense, Lee Duncan, que se lo llevó a California. Terminó protagonizando más de veinte películas y sosteniendo económicamente a Warner Bros en sus primeros años.

Tiene estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood.

Pal, que hacía de Lassie

Desde 1943

La collie más famosa del cine era, en realidad, un macho llamado Pal. Lo habían descartado en el casting por tener los ojos muy juntos y quedó como doble; en la primera escena de río lo hizo tan bien que se quedó con el papel.

Sus descendientes directos siguieron haciendo de Lassie durante décadas.

Terry, que hacía de Toto

1939

Una cairn terrier hembra. Durante el rodaje de El mago de Oz un guardia le pisó una pata y estuvo semanas afuera. Cobraba más por semana que muchos actores humanos del reparto.

Después de la película, su dueño le cambió el nombre: pasó a llamarse Toto.

En los libros y en los logos

Un perro que mira un fonógrafo terminó siendo una de las marcas más reconocidas del siglo XX.

Nipper

Inglaterra, 1898

Un perro mestizo que había sido de Mark Barraud. Cuando Mark murió, su hermano Francis, pintor, lo heredó — y lo pintó mirando la bocina de un fonógrafo con la cabeza ladeada. Le puso His Master's Voice.

El cuadro se convirtió en el logo de HMV, RCA Victor y Victor Talking Machine, y siguió en uso más de cien años.

Bummer y Lazarus

San Francisco, 1860s

Dos callejeros que se hicieron tan populares cazando ratas en el centro de San Francisco que la ciudad los eximió por decreto de la ordenanza sobre perros sueltos. Los diarios les dedicaban columnas.

Sus muertes ocuparon la tapa de los periódicos de la ciudad.

Acá

Uruguay tiene una sola raza propia, y le costó siglos que la reconocieran.

El Cimarrón Uruguayo

Declarado Patrimonio Nacional en 2011

Desciende de los perros que los colonizadores dejaron atrás y que se volvieron cimarrones —asilvestrados— en el campo uruguayo entre los siglos XVIII y XIX. Sobrevivió solo, cazando, hasta volverse un perro de trabajo rural.

La FCI lo reconoció internacionalmente en 2006 y en 2011 una ley lo declaró raza autóctona y Patrimonio Nacional. Es la única raza canina originaria del país.

Está en el globo de razas, con su ficha completa. Verlo →

Esta es la primera tanda. Faltan muchos: los perros de los exploradores polares, los de rescate de terremotos, los que trabajan en aeropuertos, los que aparecen en la pintura desde hace quinientos años.

¿Conocés uno que tenga que estar acá? Escribinos desde el mapa y lo sumamos.