En el espacio
Antes de que subiera una persona, subieron perros. Los soviéticos eligieron
callejeros de Moscú: aguantaban el hambre, el frío y el encierro mejor que cualquier perro
de casa.
Laika
3 de noviembre de 1957
Una callejera de Moscú, de unos 6 kilos, fue el primer ser vivo en orbitar la Tierra,
a bordo del Sputnik 2. La cápsula no estaba pensada para volver: no existía todavía la
forma de bajarla.
Durante 45 años la versión oficial dijo que había vivido varios días y muerto sin
sufrir. Recién en 2002 uno de los científicos de la misión contó lo que había pasado de
verdad: el control térmico falló y Laika murió por sobrecalentamiento en las primeras
horas, antes de completar la cuarta vuelta.
El Sputnik 2 siguió girando cinco meses más y se desintegró al reentrar
el 14 de abril de 1958. En 2008 le levantaron un monumento en Moscú.
Belka y Strelka
19 de agosto de 1960
Las primeras en dar la vuelta a la Tierra y volver vivas. Viajaron en el Sputnik 5
junto a conejos, ratones, moscas y plantas, dieron 17 vueltas y bajaron al día siguiente.
Strelka después tuvo cachorros. A uno, Pushinka, Jrushchov se lo regaló a
Caroline Kennedy en 1961, en plena Guerra Fría.
Dezik y Tsygan
22 de julio de 1951
Seis años antes que Laika, estos dos hicieron un vuelo suborbital de unos 100 km y
volvieron sanos. Casi nadie los nombra, pero fueron los primeros perros en llegar al
espacio y regresar.
Tsygan no volvió a volar: se lo llevó a su casa un físico del programa.
Los que esperaron
Hay una historia que se repite en países que no tienen nada que ver entre
sí, y siempre termina con una estatua.
Hachikō
Tokio, 1925–1935
Un akita que todos los días iba a la estación de Shibuya a buscar a su dueño, el
profesor Hidesaburō Ueno. Un día de 1925 Ueno murió en la universidad y no volvió.
Hachikō siguió yendo a la estación, a la misma hora, durante más de nueve años.
Le hicieron una estatua en 1934, con él presente. La actual es de 1948 y
sigue siendo el punto de encuentro más usado de Tokio.
Greyfriars Bobby
Edimburgo, 1858–1872
Un skye terrier que, según la historia que se cuenta en Edimburgo, pasó catorce años
junto a la tumba de su dueño en el cementerio de Greyfriars. Los vecinos le daban de
comer y el alcalde le pagó la licencia para que no se lo llevaran.
Su estatua, en la esquina de Candlemaker Row, es de 1873 — un año después
de su muerte.
Argos
La Odisea, siglo VIII a.C.
Odiseo vuelve a Ítaca después de veinte años, disfrazado de mendigo. Nadie lo
reconoce: ni su mujer, ni su hijo, ni sus criados. El único que lo reconoce es su perro
Argos, viejo y tirado sobre un montón de estiércol. Mueve la cola, y se muere.
Es probablemente la primera escena de reencuentro entre un perro y una
persona escrita en la literatura occidental.
En el trabajo y en la guerra
Perros que hicieron un trabajo concreto, con consecuencias concretas.
Togo y Balto
Alaska, enero de 1925
Nome, en el extremo oeste de Alaska, quedó aislada por el hielo con un brote de
difteria y sin suero. La única forma de traerlo desde Nenana, a más de 1.000 km, era en
trineo: veinte equipos se relevaron en una carrera contra el reloj a −50 °C.
Balto hizo el último tramo, el que entró al pueblo, y por eso se
llevó la fama y la estatua en Central Park. Pero el tramo más largo y más peligroso —unos
420 km, incluido el cruce del estrecho de Norton sobre hielo que se estaba partiendo— lo
hizo Togo, un siberiano de doce años, con su musher Leonhard Seppala.
El suero llegó en cinco días y medio. Recién décadas después Togo empezó a
recibir el reconocimiento que le correspondía.
Barry
Alpes suizos, 1800–1814
San Bernardo del hospicio del paso del Gran San Bernardo, donde los monjes usaban
perros para encontrar viajeros perdidos en la nieve. Se le atribuyen unos cuarenta
rescates.
Está embalsamado en el Museo de Historia Natural de Berna. La raza le debe
buena parte de su fama.
Sargento Stubby
Primera Guerra Mundial
Un perro sin raza que se metió en un campo de entrenamiento en Connecticut y terminó
cruzando a Francia escondido. Pasó 18 meses en el frente: avisaba de los ataques con gas
antes que los soldados, encontraba heridos y una vez agarró a un espía alemán.
Es el perro más condecorado de la historia militar de Estados Unidos.
Los perros de Pávlov
San Petersburgo, 1890s
Iván Pávlov estudiaba la digestión y notó algo que no buscaba: los perros empezaban a
salivar antes de ver la comida, con solo oír al que se la traía. De ahí salió el reflejo
condicionado, una de las ideas que fundó la psicología moderna.
El Nobel de 1904 se lo dieron por el trabajo sobre la digestión, no por
lo que hoy lo hace famoso.
En la pantalla
Detrás de cada perro famoso del cine hay un perro real, con otro nombre.
Rin Tin Tin
Hollywood, años 20
Un cachorro de pastor alemán rescatado en 1918 de un criadero bombardeado en Francia
por un soldado estadounidense, Lee Duncan, que se lo llevó a California. Terminó
protagonizando más de veinte películas y sosteniendo económicamente a Warner Bros en sus
primeros años.
Tiene estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood.
Pal, que hacía de Lassie
Desde 1943
La collie más famosa del cine era, en realidad, un macho llamado Pal. Lo habían
descartado en el casting por tener los ojos muy juntos y quedó como doble; en la primera
escena de río lo hizo tan bien que se quedó con el papel.
Sus descendientes directos siguieron haciendo de Lassie durante décadas.
Terry, que hacía de Toto
1939
Una cairn terrier hembra. Durante el rodaje de El mago de Oz un guardia le
pisó una pata y estuvo semanas afuera. Cobraba más por semana que muchos actores humanos
del reparto.
Después de la película, su dueño le cambió el nombre: pasó a llamarse
Toto.
En los libros y en los logos
Un perro que mira un fonógrafo terminó siendo una de las marcas más
reconocidas del siglo XX.
Nipper
Inglaterra, 1898
Un perro mestizo que había sido de Mark Barraud. Cuando Mark murió, su hermano Francis,
pintor, lo heredó — y lo pintó mirando la bocina de un fonógrafo con la cabeza ladeada.
Le puso His Master's Voice.
El cuadro se convirtió en el logo de HMV, RCA Victor y Victor Talking
Machine, y siguió en uso más de cien años.
Bummer y Lazarus
San Francisco, 1860s
Dos callejeros que se hicieron tan populares cazando ratas en el centro de San
Francisco que la ciudad los eximió por decreto de la ordenanza sobre perros sueltos. Los
diarios les dedicaban columnas.
Sus muertes ocuparon la tapa de los periódicos de la ciudad.
Acá
Uruguay tiene una sola raza propia, y le costó siglos que la reconocieran.
El Cimarrón Uruguayo
Declarado Patrimonio Nacional en 2011
Desciende de los perros que los colonizadores dejaron atrás y que se volvieron
cimarrones —asilvestrados— en el campo uruguayo entre los siglos XVIII y XIX. Sobrevivió
solo, cazando, hasta volverse un perro de trabajo rural.
La FCI lo reconoció internacionalmente en 2006 y en 2011 una ley lo declaró raza
autóctona y Patrimonio Nacional. Es la única raza canina originaria del país.
Está en el globo de razas, con su ficha completa.
Verlo →
Esta es la primera tanda. Faltan muchos: los perros de los exploradores polares, los de
rescate de terremotos, los que trabajan en aeropuertos, los que aparecen en la pintura
desde hace quinientos años.
¿Conocés uno que tenga que estar acá? Escribinos desde el
mapa y lo sumamos.